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lengua
Nimiedades
del español de México en 1944
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C
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onsecuencia
de los tiempos vividos, la evolución del español usado en México ha sumado sus
propias acepciones y virtudes desde que fuera introducido al territorio en el
siglo xvi; por supuesto que muchas
de ellas se forjaron ajenas al español de nuestros conquistadores, y no nada
más por la apropiación de vocablos para transformarlos o mimetizarlos con voces
del náhuatl, otomí, maya... (en los que abundaremos en otra ocasión), sino también
por los intrincados vericuetos en los que los usuarios incurren ante su
necesidad de llamar, nombrar o expresarse.
Para
muestra, un botón, dice un clásico. En una nota publicada a fines de septiembre
de 1944 en el periódico El Nacional,
el escritor y poeta español avecindado en México, Juan Rejano, escribió
palabras que los ibéricos dejaron de usar pero que en México continuaban
vigentes; a saber: recámara, luego luego, lépero y festinar, a la
sazón sustituidas por alcoba o dormitorio, en seguida o al instante,
desvergonzado o procaz, y apresurar,
respectivamente. Agrega, en este tenor, que los mexicanos usan la forma verbal urgir, y los españoles sólo el
sustantivo urgencia.
En
otro orden de ideas, Rejano, también considerado exponente de la Generación del
27, enlista términos que significan distinto a cada lado del Atlántico. En
México, conceptuoso es un discurso
lleno de interés, en España uno “lleno de oscuridad, de repliegues”, explica; y
de quien ora, los mexicanos dirían que discursó enfáticamente, un vocablo que los europeos usarían para decir que
el orador pronunció con pedantería. Peculiar resulta el caso de chulo –popular en ambos países al día de
hoy–, que en México significa bonito
y por allá, antes, se usaba para llamar a alguien que viste con majeza, y hoy,
para referirse a un vago o a un vividor de mujeres.
También
menciona palabras diferentes para llamar lo mismo; por ejemplo, en la nación
peninsular se usa tardar, acá dilatar; agradable allá, suave
aquí; camorrista y rijoso; butaca y luneta; marchar e ir... Acá por ejemplo sigue siendo peculiar escuchar que alguien
diga: “Ya se marchó” en lugar de “Ya se fue”. Y sobre entrada y boleto,
escribe: “Ninguna [...] es propia del caso, porque lo que se va a recibir no es
la localidad ni la entrada, sino el medio de conseguir una y otra”; un
argumento peculiar sin duda.
En
otros casos de llamar la atención, explica primero que en México “se le ha
quitado al siempre rotundidad [...]
se le ha dado una especie de valor afirmativo dulcificado”. En segundo lugar,
ejemplifica la existencia de palabras provenientes de territorio “yanqui” entre
los mexicanos, principalmente los fronterizos, destacando que éstas se han
transformado para atender necesidades propias, aglutinándose en populares estilos como el pochismo; una idea que expresa bien el
término ningunear: “Es tan precisa
–tan valiosa– [...] que el idioma español estaba esperándola con los brazos
abiertos”.
Quizá
la nota aquí referida sea una muestra infinitesimal de un universo lingüístico
tan flexible como cambiante, a razón de las costumbres de una sociedad que
necesita convivir y expresarse para evolucionar.
Hoy,
las cosas no son distintas.
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