miércoles, 23 de julio de 2014

Usos del español en México

Postales de nuestra lengua


Nimiedades del español de México en 1944

C
onsecuencia de los tiempos vividos, la evolución del español usado en México ha sumado sus propias acepciones y virtudes desde que fuera introducido al territorio en el siglo xvi; por supuesto que muchas de ellas se forjaron ajenas al español de nuestros conquistadores, y no nada más por la apropiación de vocablos para transformarlos o mimetizarlos con voces del náhuatl, otomí, maya... (en los que abundaremos en otra ocasión), sino también por los intrincados vericuetos en los que los usuarios incurren ante su necesidad de llamar, nombrar o expresarse.
Para muestra, un botón, dice un clásico. En una nota publicada a fines de septiembre de 1944 en el periódico El Nacional, el escritor y poeta español avecindado en México, Juan Rejano, escribió palabras que los ibéricos dejaron de usar pero que en México continuaban vigentes; a saber: recámara, luego luego, lépero y festinar, a la sazón sustituidas por alcoba o dormitorio, en seguida o al instante, desvergonzado o procaz, y apresurar, respectivamente. Agrega, en este tenor, que los mexicanos usan la forma verbal urgir, y los españoles sólo el sustantivo urgencia.
En otro orden de ideas, Rejano, también considerado exponente de la Generación del 27, enlista términos que significan distinto a cada lado del Atlántico. En México, conceptuoso es un discurso lleno de interés, en España uno “lleno de oscuridad, de repliegues”, explica; y de quien ora, los mexicanos dirían que discursó enfáticamente, un vocablo que los europeos usarían para decir que el orador pronunció con pedantería. Peculiar resulta el caso de chulo –popular en ambos países al día de hoy–, que en México significa bonito y por allá, antes, se usaba para llamar a alguien que viste con majeza, y hoy, para referirse a un vago o a un vividor de mujeres.
También menciona palabras diferentes para llamar lo mismo; por ejemplo, en la nación peninsular se usa tardar, acá dilatar; agradable allá, suave aquí; camorrista y rijoso; butaca y luneta; marchar e ir... Acá por ejemplo sigue siendo peculiar escuchar que alguien diga: “Ya se marchó” en lugar de “Ya se fue”. Y sobre entrada y boleto, escribe: “Ninguna [...] es propia del caso, porque lo que se va a recibir no es la localidad ni la entrada, sino el medio de conseguir una y otra”; un argumento peculiar sin duda.
En otros casos de llamar la atención, explica primero que en México “se le ha quitado al siempre rotundidad [...] se le ha dado una especie de valor afirmativo dulcificado”. En segundo lugar, ejemplifica la existencia de palabras provenientes de territorio “yanqui” entre los mexicanos, principalmente los fronterizos, destacando que éstas se han transformado para atender necesidades propias,  aglutinándose en populares estilos como el pochismo; una idea que expresa bien el término ningunear: “Es tan precisa –tan valiosa– [...] que el idioma español estaba esperándola con los brazos abiertos”.
Quizá la nota aquí referida sea una muestra infinitesimal de un universo lingüístico tan flexible como cambiante, a razón de las costumbres de una sociedad que necesita convivir y expresarse para evolucionar.

Hoy, las cosas no son distintas.  

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Y por cierto, me es muy importante tu opinión...