miércoles, 23 de julio de 2014

Entre naciones

Entre naciones


Armando R. Pareyón y la cita que cambió el destino

La
 sociedad europea llegaba a aquel verano de 1940 inmersa en un ambiente de tensiones bélicas; la Segunda Guerra mundial llevaba ya varios meses asolando la geografía de aquel continente. Por otra parte, España salía, poco a poco, de aquella guerra civil –terminada oficialmente en 1939– que tocó profundamente a sus ciudadanos y Estado; un conflicto interno que no sólo transformó a los de la península ibérica, pues las repercusiones internacionales también marcaron en esos años a Francia y para siempre a México, con el asunto de los exiliados.
El acuerdo entre Francia y México sobre el caso de los desterrados españoles, significó una breve acotación en medio de la guerra. Cuando las tropas alemanas llegaron a las puertas de París el 14 de junio de 1940, se “firmaba” la ocupación. El primer ministro francés Paul Reynaud inició lo que en el papel parecía una desordenada huida hacia el sur, hasta que renunció, dejando al militar de gran fuste, Henry Philippe Benoni Omer Joseph Pétain (1856-1951), a cargo de una nación doliente y de un gabinete itinerante que finalmente encontró dónde establecer sus oficinas: el Hotel Du Parc, en el poblado de Vichy.
Cuenta el militar Armando R. Pareyón,[1] también diplomático y entonces jefe del Estado Mayor del presidente Lázaro Cárdenas del Río, que hasta este lugar llegó en esos días el abogado guanajuatense Luis I. Rodríguez, enviado por el primer magistrado mexicano. La misión fue entrevistarse con Pétain, el héroe de la Batalla de Verdún de la Primera Guerra mundial (1914-1917), para interceder por los refugiados españoles. Cita Pareyón sobre la instrucción cablegráfica dada a Rodríguez:

Con carácter urgente, entreviste usted al gobierno francés y manifiéstele que: México está dispuesto a acoger a todos los refugiados españoles de ambos sexos residentes en Francia. Diga usted que este gobierno está tomando medidas conducentes para llevar a la práctica esta resolución en el menor tiempo posible. Si el gobierno francés acepta en principio nuestra idea [...] todos los refugiados españoles quedarán bajo la protección de la bandera de México. Asimismo, de aceptar el gobierno francés, sugiera usted la forma práctica para realizar propósitos, en la inteligencia de que, en atención a las circunstancias, nos dirigimos a gobiernos alemán e italiano, comunicándoles nuestros deseos.   

Dicho sea de paso, Pareyón explica que Cárdenas también se comunicó a Washington y solicitó apoyo para su iniciativa a los gobiernos de Centro y Sudamérica. Mientras tanto en Francia, la cita entre Pétain y Rodríguez quedó pactada para el 8 de julio de 1940, a las 16:30 horas, en el 418 del hotel de Vichy. Y tras el intercambiar saludos, el guanajuatense “entró en materia”, a decir de don Armando, a lo que el entonces octogenario militar francés respondió:

— ¿Por qué esta noble intención que tiende a favorecer a gentes indeseables?
— Le suplico lo interprete usted, señor mariscal, como un ferviente deseo de beneficiar y amparar a elementos que llevan nuestra sangre y nuestro espíritu.
— ¿Y si les fallaran, como a todos, siendo como son, renegados de sus costumbres y de sus ideas?
— Habríamos ganado, en cualquier circunstancia, a grupos de trabajadores capacitados como los que más, para ayudarnos a explotar las riquezas naturales que poseemos.
— Mucho corazón y escasa experiencia.

Palabras más, palabras menos, la conversación que se prolongara por un momento más, llegó a feliz término cuando, expresa Pareyón, Petain manifestó su admiración por Cárdenas:

Yo lo admiro como soldado y lo envidió como ciudadano. Diga usted que estoy conforme con el plan que se me propone. No vale la pena ahora discutirlo en detalle. Tampoco sé a quién darle tan señalada comisión. En vísperas de renovarse el gobierno [francés], ignoro todavía el nombre de mis colaboradores. Cualquiera que resulte llevará mis directrices para realizar con usted  esa empresa tan generosa.

Concluye el jefe del Estado Mayor de Cárdenas que “se había resuelto, casi milagrosamente, con profundo sentido de la humanidad, la suerte de más de un millón de hombres atenazados por el destino y que sacudían así los grillos y cadenas de su propia angustia”.[2] Así las cosas, el 23 de julio de 1940 tuvo lugar la firma del “Convenio Franco-Mexicano” con el que ambas delegaciones daban un giro importante a la historia de los españoles sin tierra. El resto es historia sabida, y aún en nuestros días, vivida: el exilio español en México se fusionó nuevamente con la tradición mexicana de la época, una mezcla que al día de hoy sigue vigente.   
  






[1] Armando R. Pareyón Azpeitia, Cárdenas ante el mundo, México, Populibros La Prensa, 1977, p. 121-164.
[2] Pareyón Azpeitia, op. cit., p. 129-130.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Y por cierto, me es muy importante tu opinión...