miércoles, 23 de julio de 2014

El legado de las letras

El legado de las letras


 Tesoros bibliográficos de Nueva España

S
abido es que la llegada de los españoles a América a principios del siglo xvi trajo consigo una estela de nuevas costumbres que con el correr del tiempo se fusionaron con las tradiciones locales, redefiniendo el entorno de una sociedad tan diversa y asimétrica como rica culturalmente. De cada evento acontecido en el corazón de la naciente Nueva España, surgió la imperiosa necesidad de registrar su historia.
A instancias del virrey Antonio de Mendoza y el obispo Juan de Zumárraga, el impresor alemán Juan Cromberger envió a la capital novohispana la primera imprenta que existiría en el lugar, como consta en documento auténtico, pero que desafortunadamente no da fecha ni algún otro pormenor del suceso. Así, la llegada de la rotativa a estos lares fue de gran utilidad para plasmar en libros y pliegos diversos lo ocurrido entonces, que tiempo después formaría parte fundamental de la historia del Nuevo Mundo.
Con base en la obra Bibliografía mexicana del siglo xvi, de Joaquín García Icazbalceta (editado en 1886 por Librería de Andrade y Morales, Sucesores / Imprenta de Francisco Díaz de León), podemos decir que la imprenta llegó a México en la década de 1530, que tuvo por primera ocupación la impresión de cartillas o de trabajos pequeños urgentes, y que de las prensas de aquel aparatoso artefacto salió la Escala, que podría ser considerada la primera obra impresa en Nueva España.
Se considera que el primer impresor en la región fue el célebre Juan Pablos. En cuanto a las sedes, se tiene registro de que en abril de 1540 estaba en operación la imprenta en la Casa de las Campanas, del obispo Zumárraga, ocupando la esquina de las calles de Moneda y cerrada de Santa Teresa la Antigua, frente al costado del que fuera el Palacio Arzobispal.
Según la versión de Icazbalceta, “a un obispo se debió, sino en todo en mucha parte, la venida de las primeras prensas: prelados y religiosos se obligaron a sostenerlas, y las Órdenes les dieron continuo alimento con el tesoro de sus obras en lenguas indígenas, tan estimadas hoy en el mundo entero. Nuestra primitiva Iglesia puede, pues, gloriarse de haber introducido y fomentado en el Nuevo Mundo el maravilloso arte de la imprenta”.

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