miércoles, 23 de julio de 2014

En vías de la independencia

En vías de la independencia


 De Iguala a Córdoba: el proyecto de independencia iturbidista


La
 sociedad de la futura nación mexicana llegó a 1820 conviviendo en una aparente estabilidad otorgada por el dominio realista luego de años de cruentas batallas libradas contra los insurgentes que, escasos, sobrevivían en condiciones poco favorables para abrazar la victoria. La esperanza por obtener la autonomía de España iniciada desde hacía una década aún latía, aunque criollos, realistas, expedicionarios e insurgentes, deseaban conseguirla al amparo de sus propios métodos.
La Constitución gaditana, de vocación liberal y anticlerical, fue restablecida sin la anuencia de todas las partes; finalmente, en mayo de aquel año, el virrey De Apodaca se vio obligado a jurarla. A la par, se celebraron conjuras que contravenían el nuevo orden. Primero encubiertas y después inmersas en una ardua labor comunicativa, las posturas no conseguirían su cometido; salvo una, la de Agustín de Iturbide, “el Dragón de fierro”.
Criollo aristocrático y ferviente católico, el michoacano Iturbide vislumbró la independencia a partir de un proceso emancipador y una amplitud de perspectivas (religiosa, militar, política…). Si bien había hilvanado sus primeras ideas desde el otoño anterior, esperó al 24 de febrero de 1821 para proclamar su Plan de Iguala, cuyos principales postulados eran garantizar la religión católica, lograr la independencia con una monarquía constitucional, y conservar la paz y unión de americanos y europeos.
El Plan era práctico y estaba tan bien elaborado que logró la adhesión de casi todos los mandos, los cuales después conformaron el Ejército de las Tres Garantías, fuerza que procuraría el Plan, la Independencia y la futura constitución, emanada de la “Junta Gubernativa de la América Septentrional”, como fue titulada en el documento. Además, se invitaba a gobernar al propio Fernando VII o a otro miembro de la casa reinante.
La independencia entraba a su fase final. En el verano de 1821 desembarcó en Veracruz el nuevo virrey O’Donojú, quien a favor del movimiento, firmó con Iturbide los Tratados de Córdoba el 24 de agosto. Un preámbulo y diecisiete artículos redactados por José Domínguez, secretario del futuro emperador Agustín I, y sólo modificados por O’Donojú para favorecerse, otorgaban a México su autonomía, ratificando entonces lo postulado en el Plan de Iguala, aunque ahora no era forzoso que los gobernantes pertenecieran a la Casa Real española.
El 27 de septiembre, el Ejército Trigarante hizo su entrada en la capital consumando así la independencia. Al día siguiente se firmó la segunda acta independentista. “La nación mexicana que, por trescientos años, ni ha tenido voluntad propia, ni libre el uso de la voz, sale hoy de la opresión en que ha vivido”, expresaba entre sus líneas el consagrado documento.
Cuatro páginas de 31 x 21 cm bajo el título “Plan de Iguala del Sr. Coronel D. Agustín de Iturbide. Publicado en Iguala 24 de Febrero de 1821”, impreso en octubre de ese año, dejan constancia de lo fraguado por Iturbide en el plan que daría identidad y posible forma a la nueva nación. Y aunque ésta no es la primera constancia de los documentos, sí es en la que se dan a conocer juntos. Fueron publicados por Ramón Gutiérrez del Mazo, Primer Jefe Político de la Ciudad.

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