En vías de la independencia
De
Iguala a Córdoba: el proyecto de independencia iturbidista
La
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sociedad de la futura nación mexicana llegó a
1820 conviviendo en una aparente estabilidad otorgada por el dominio realista
luego de años de cruentas batallas libradas contra los insurgentes que, escasos,
sobrevivían en condiciones poco favorables para abrazar la victoria. La esperanza
por obtener la autonomía de España iniciada desde hacía una década aún latía,
aunque criollos, realistas, expedicionarios e insurgentes, deseaban conseguirla
al amparo de sus propios métodos.
La Constitución gaditana, de
vocación liberal y anticlerical, fue restablecida sin la anuencia de todas las
partes; finalmente, en mayo de aquel año, el virrey De Apodaca se vio obligado
a jurarla. A la par, se celebraron conjuras que contravenían el nuevo orden. Primero
encubiertas y después inmersas en una ardua labor comunicativa, las posturas no
conseguirían su cometido; salvo una, la de Agustín de Iturbide, “el Dragón de fierro”.
Criollo aristocrático y
ferviente católico, el michoacano Iturbide vislumbró la independencia a partir
de un proceso emancipador y una amplitud de perspectivas (religiosa, militar,
política…). Si bien había hilvanado sus primeras ideas desde el otoño anterior,
esperó al 24 de febrero de 1821 para proclamar su Plan de Iguala, cuyos
principales postulados eran garantizar la religión católica, lograr la
independencia con una monarquía constitucional, y conservar la paz y unión de
americanos y europeos.
El Plan era práctico y estaba
tan bien elaborado que logró la adhesión de casi todos los mandos, los cuales después
conformaron el Ejército de las Tres Garantías, fuerza que procuraría el Plan, la
Independencia y la futura constitución, emanada de la “Junta Gubernativa de la
América Septentrional”, como fue titulada en el documento. Además, se invitaba
a gobernar al propio Fernando VII o a otro miembro de la casa reinante.
La independencia entraba a
su fase final. En el verano de 1821 desembarcó en Veracruz el nuevo virrey O’Donojú,
quien a favor del movimiento, firmó con Iturbide los Tratados de Córdoba el 24
de agosto. Un preámbulo y diecisiete artículos redactados por José Domínguez, secretario
del futuro emperador Agustín I, y sólo modificados por O’Donojú para favorecerse,
otorgaban a México su autonomía, ratificando entonces lo postulado en el Plan
de Iguala, aunque ahora no era forzoso que los gobernantes pertenecieran a la Casa
Real española.
El 27 de septiembre, el
Ejército Trigarante hizo su entrada en la capital consumando así la independencia.
Al día siguiente se firmó la segunda acta independentista. “La nación mexicana
que, por trescientos años, ni ha tenido voluntad propia, ni libre el uso de la
voz, sale hoy de la opresión en que ha vivido”, expresaba entre sus líneas el
consagrado documento.
Cuatro
páginas de 31 x 21 cm bajo el título “Plan de Iguala del Sr. Coronel D. Agustín
de Iturbide. Publicado en Iguala 24 de Febrero de 1821”, impreso en octubre de ese
año, dejan constancia de lo fraguado por Iturbide en el plan que daría
identidad y posible forma a la nueva nación. Y aunque ésta
no es la primera constancia de los documentos, sí es en la que se dan a conocer
juntos. Fueron publicados por Ramón Gutiérrez del Mazo, Primer Jefe Político de
la Ciudad.
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